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| ¿Quiénes Somos? | Propósito | Visión | Misión |

Toda iglesia necesita estar segura de su identidad y del sitio que ocupa en el tiempo y el espacio de la iglesia cristiana como un todo. De allí que no sea simple capricho ni accidente que nos llamemos Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús. Con tal nombre estamos confesando nuestra aspiración a repetir en nuestro tiempo, sin más variantes que las impuestas por la cultura y la distancia cronológica, la realidad de la iglesia primitiva en sus prácticas, creencias y resultados. Todo esto se refleja claramente en lo revelado por el Nuevo Testamento.

Con respecto a la teología , la iglesia primitiva pronto llega a la conclusión más diáfana, que es la misma de la IAFCJ en la actualidad: Jesucristo es Dios manifestado en carne , en él residen todos los atributos de la Divinidad, es creador de todas las cosas, la piedra principal de ese edificio que se llama Iglesia, con un nombre exaltado sobre cualquier otro y que corresponde al de "Jehová" del Antiguo Testamento. Al hacer todas estas afirmaciones, la iglesia primitiva nacida en un ambiente judío, reafirma la exhortación divina que repetía y repiten a diario millones de labios devotos: "Oye Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es".

Con respecto a su dinámica, la iglesia primitiva exhibe desde el principio la presencia del Espíritu Santo como realidad presente, y fuego divino derramado sobre todo creyente y comprobado por las nuevas lenguas. La doctrina del bautismo del Espíritu Santo sigue siendo enseñada por la IAFCJ actual, y la promesa de que los creyentes han de ser revestidos con potencia de lo alto sigue cumpliéndose, aparte de que este Espíritu Santo, que es el mismo Cristo que antes estuvo con los creyentes, y ahora está en ellos (Juan 14:17), sigue dirigiendo a los creyentes a toda verdad y justicia, dándoles poder para testificar en todo el mundo.

La presencia del Espíritu Santo y las promesas hechas por Cristo permitieron que en la iglesia primitiva hubiera sanidades, señales y prodigios que eran prueba irrefutable de la presencia y poder de Cristo resucitado, y le daban a la iglesia un carácter muy especial (Marcos 16:17,18; Hechos 4:29-31; 5:12-16). La IAFCJ de este tiempo ha sido testigo de muchos de estos milagros, sigue alentando a sus miembros para que ejerzan la fe y vean repetidas muchas de aquellas manifestaciones tan benéficas.

En su liturgia, la iglesia primitiva practicó el bautismo en agua, como señal de arrepentimiento, para el perdón de los pecados y como señal de identificación con Cristo en su muerte, sepultura y resurrección, ceremonia que en todo caso se realizó invocando el nombre de Jesucristo. No existe en los Hechos de los Apóstoles un solo caso en que dicho bautismo haya sido administrado por la iglesia primitiva en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Ésta fue una práctica que se introdujo posteriormente, y así como también fue posterior la de bautizar por aspersión y no por inmersión, como fue la práctica original de la Iglesia (Hechos 2:38; 22:16; Romanos 6:1-14). La otra ceremonia que practicó la iglesia primitiva fue la Santa Cena , llamada también comunión o eucaristía, que consistía en participar del pan como símbolo del cuerpo crucificado de Cristo, 1000 y el vino como símbolo de su sangre derramada por los pecadores y como anuncio del regreso de Cristo al mundo (Mateo 26:17-29; Marcos 14:12-25; Lucas 22:7-22; Juan 13:21-30; Hechos 2:42-47; 1 Corintios11:23-26). Estas cosas se siguen practicando en la IAFCJ de nuestro tiempo.

La escatología de la iglesia primitiva se centró en la promesa de que el Señor descendería de nuevo a la tierra, en la misma manera que había ascendido a los cielos. Dicha promesa creó en la iglesia la sensación de la brevedad del tiempo disponible, la necesidad de estar siempre preparados para este evento y la idea de Jesucristo como Señor de la historia quien haría un juicio apocalíptico, establecería la paz en el mundo, lo regiría con vara de hierro y premiaría a los que habían sido fieles. Esta escatología sigue formando parte de las creencias de la Iglesia Apostólica actual.

El Nuevo Testamento también nos enseña que la iglesia primitiva consciente de que sus miembros y los inconversos siguen siendo hombres de carne y hueso, aunque ingresen al mundo del Espíritu Santo y las grandes promesas de regeneración, se preocupó por el bienestar material de ellos. Además entendió muy pronto que la obra debía extenderse a base de trabajo y sacrificio de sus miembros, y que esto requería una mayordomía adecuada, una liberal contribución de todos los miembros y una recta administración de los recursos materiales de la iglesia. La IAFCJ se siente justamente satisfecha de contarse entre las iglesias evangélicas que cuentan con uno de los programas de mayordomía más pujantes en toda la América Latina, y se enorgullece de haber sabido siempre responder a sus necesidades. Además de lo material, nos adherimos a los principios de fraternidad y santidad que se originan en la Biblia, y aspiramos a honrar nuestra posición de "linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pedro 2:9). También contamos con un ministerio dinámico, adaptado a las circunstancias de la iglesia y aspirando siempre a la superación.

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Ser una Iglesia pentecostal, sana y con propósito de Excelencia Misionológica, Personal, Administrativa y de Espacios de Reunión, para glorificar a nuestro gran Dios y Salvador, Jesucristo.

 

1.- Propósito de Dios para la IAFCJ

Que la IAFCJ se concientice que es llamada por su Señor para ir hasta lo último de la tierra. Las iglesias son como las personas, que cuando nacen no tienen idea de cuál es su destino, sino que simplemente existen. Pero cuando pasa el tiempo van tomando conciencia de sus potencialidades y van descubriendo su vocación. Hoy, nuestra Iglesia está llegando a ese momento. Está a punto de dejar su niñez y llegar a su plena madurez. Para esto es importante entender que de una situación de niñez a una de adultez tienen que experimentarse cambios muy significativos. De otro modo, seremos una iglesia eternamente niña.

Así como una persona al llegar a su madurez puede hacer cosas que antes ni siquiera lo intentaría, así también la Iglesia. Ella tiene que llegar al punto de alcanzar y desarrollar los recursos necesarios y suficientes para que pueda ir tan lejos como su Señor la quiera enviar. En este momento somos muchos los que pensamos que llegó el momento de que nuestra Iglesia traspase la barrera del idioma español e inicie sus trabajos misioneros más allá de las culturas de la tortilla y del frijol.

Los planes perfectos de Dios, para cumplirse, tienen que darse varias circunstancias; y una de ellas es que las Iglesias se conviertan en instrumentos útiles y apropiados para que puedan servir a los planes eternos de Dios. La Iglesia de Jerusalén, en su momento, fue el instrumento que Dios empleó para llevar su mensaje a otras ciudades (Hch. 8:1-6; 11:19); Antioquía (Hch. 13:1-4) fue otra iglesia que cumplió el rol que Dios le asignó al enviar a Bernabé y a Saulo como misioneros.

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2.- La IAFCJ nace como resultado de un avivamiento mundial.
Siguiendo la figura de una persona, podemos decir que influye determinantemente en su desarrollo el saber quién es, y cómo y de quién nació. Los que han nacido en un palacio crecen teniendo la mentalidad de reyes; los que nacen en el ambiente de una gran empresa, se consideran llamados a darle continuidad a los negocios. De la misma manera, las iglesias que nacen como producto de una división, siempre les será muy difícil cambiar su mentalidad. Nuestra Iglesia ciertamente nos satisface que haya nacido y crecido sin estar dependiendo de alguna Iglesia madre; no obstante, también esto ha tenido un precio, y es que hayamos tardado más en despertar y ver nuestras potencialidades; pues cuando nacimos no contábamos con una visión amplia acerca de lo que Dios se proponía hacer con nuestras vidas. Ciertamente somos una de las muchas 1000 expresiones del avivamiento de Azuza, porque se puede establecer nuestra relación con él; pero otras iglesias que tuvieron esa influencia y que por alguna razón estaban ligadas a movimientos más universalistas, llegaron a tener una mentalidad más amplia primero que nosotros. Los apostólicos tardamos más tiempo en sacudirnos las características sociológicas de una secta. Creo que hoy estamos en condiciones de mirar hacia el futuro con mayor optimismo; porque aparte de tener absoluta confianza en nuestro Señor, que nos ha de seguir guiando fielmente, estamos con una visión mucho más clara de lo que somos y de lo que podemos ser. Estamos plenamente conscientes de que somos una gran Iglesia; que pertenecemos a un gran movimiento mundial que es el pentecostalismo, y que cada vez el mundo cristiano se pentecostalizará más. Sin duda, la Iglesia postmoderna, será pentecostal, en sus diferentes manifestaciones.

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3. La IAFCJ se formó en México como un rompecabezas que se armó.
Los apostólicos sabemos que nuestra Iglesia en México nació como resultado de las conversiones que se dieron entre los braceros y demás mexicanos que a finales del siglo IX y a principios del XX emigraron a los Estados Unidos. Sabemos que muchos de ellos al volver a su tierra, trajeron el mensaje de salvación a sus familiares y amigos, y que así nacieron muchas iglesias (Romanita, en Chihuahua; Francisco Ávalos, en Nayarit; Tiburcio Santos, en Sinaloa, etc.). También sabemos que estos diferentes grupos fueron relacionándose, tan admirablemente hasta unirse sin que quedara una cicatriz. No era nuestra Iglesia, entonces, la unión de varias iglesias; era como si un gran rompecabezas se estaba uniendo. Aunque hasta hoy, nuestra Iglesia conserva ciertas particularidades propias de las diferentes regiones, su unidad nunca ha estado en peligro, ni por eso ni por cualquier otra cosa. No somos una “federación” de Iglesias. Somos una sola Iglesia. Lo anterior es reconocido ampliamente por propios y extraños. Sin duda, esta es otra razón para explicar el por qué ahora somos una Iglesia grande y fuerte. No obstante, nuestros pioneros cuando llegaron de los Estados Unidos, sólo deseaban predicar “a los de su casa”; no tenían ni idea de todo lo que llegaríamos a ser.

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4.- Los mejores hombres de la IAFCJ miraron hacia fuera para capacitarse.
Desde las décadas de los cuarenta y cincuenta, nuestros mejores hombres han salido al extranjero para capacitarse mejor; y contrario a lo que les ha pasado a otros, han regresado a servir a la Iglesia que los ha enviado. Al conocer otra cultura; otra Iglesia que nos llevaba mucha distancia en su desarrollo; a otras personas que han trabajado como misioneros en otras partes del mundo; otra expresión de la teología, y otras cosas más, les ha dado una idea mejor de lo que debe y puede ser una Iglesia. Les ha ayudado a tener una mejor visión de conjunto. Los ha hecho una especie de “estadistas” eclesiólogos. Y esto, sin duda, se ha reflejado en los planes de trabajo de la Iglesia. Estos hombres han sido como grandes ventanas por donde hemos podido ver hacia el resto del mundo, y por donde nos ha llegado el viento fresco del Espíritu. Y gracias a Dios y a ellos, nuestra Iglesia, desde hace muchos años,  se ha mantenido vigente, siempre al día de lo bueno que está pasando en el mundo.  Por lo que es digno de reconocer que esos hombres, al salir, nos han ayudado a desarrollar nuestra conciencia de lo que somos y podemos ser.

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5.- Providencialmente fuimos llamados a misionar al extranjero.
Fue cuando el hermano Isidro Pérez estudiaba en Tulsa, Oklahoma que le llegó una carta que originalmente había sido enviada por el hermano Genaro Gutiérrez desde León, Nicaragua. Este hermano de manera providencial había sabido acerca del Reverendo Coote, de San Antonio, Texas.  La información consistía en que el hermano Coote era un ministro apostólico que podía apoyarlos en Nicaragua, pero debido a que él no entendía el español, envió la carta a Tulsa, Oklahoma, donde a su vez se la entregaron al hermano Isidro Pérez para que él la tradujera al inglés, oportunidad que el hermano Isidro aprovechó para comunicar a México acerca de estos hermanos. El contenido de esa carta causó tan buena impresión al Obispo Presidente y al Vicepresidente de la Iglesia, Felipe Rivas Hernández y Maclovio Gaxiola respectivamente, a tal grado que el 2 de agosto de 1948 el hermano Maclovio salió rumbó a Managua, Nicaragua, a fin de localizar al hermano Genaro Gutiérrez (Pérez, Isidro. EL COMIENZO DE LA FE APOSTÓLICA EN NICARAGUA. Págs. 50, 51. 1991. Edición Personal). Fue así que tuvimos la oportunidad de enrolarnos en los trabajos misioneros mundiales.

El hermano Maclovio, después de haber visitado Nicaragua y El Salvador durante quince días, regresó a México con informes muy motivantes. Por tal razón, en la última semana de octubre del mismo año, 1948, al celebrarse la Convención General en Torreón, Coahuila, se nombró el primer Comité de Misiones, quedando como Secretario de Misiones Extranjeras el mismo hermano Maclovio Gaxiola López. En palabras del hermano Isidro Pérez tenemos un mensaje muy significativo: “El cuerpo ministerial dio su voto aprobatorio unánimemente.  De esta Convención que se celebró en Torreón, Coahuila, regresamos todos con una nueva visión…” (Pérez, Isidro. EL COMIENZO DE LA FE APOSTÓLICA EN NICARAGUA. Pág. 51. 1991. Edición Personal).  Después de esto, el mismo hermano Gaxiola salió en un segundo viaje exploratorio que lo llevó hasta Argentina y Uruguay. En este momento nuestra Iglesia estaba dando un paso verdaderamente importante. Estaba dando sus primeros pasos “hasta lo último de la tierra”.

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6.- Nos fuimos hacia los E.E.U.U. por ser estratégico para la expansión mundial.
Por treinta y cinco años nuestra Iglesia se mantuvo con la vista puesta en Centro y Sudamérica. Durante esos años trabajó en Guatemala, El Salvador, Nicaragua y Colombia, hasta que por el año de 1984 dio inicio a los trabajos misioneros en los Estados Unidos. Fueron varias las razones que nos llevaron a dar inicio a esos trabajos, mismas que no voy a tratar aquí, y sólo me limitaré a decir que desde entonces vimos que eso nos era estratégico para que nuestra Iglesia cumpliera la Gran Comisión. Contábamos con miles de hermanos nuestros, bautizados en México y pastoreados y formados por nosotros. Muchos de ellos bien adaptados a las Iglesias a donde llegaron en los Estados Unidos, pero también muchos de ellos inconformes por el trato y la forma de pastorear que recibían.

Desde entonces hemos trabajado allí, los primeros diez años, sin una clara definición, y en ocasiones casi a punto de renunciar a ese proyecto; hasta que finalmente se llegó a un pleno acuerdo, y empezamos a fundar iglesias de una manera decidida. Los que hemos estado en la Mesa Directiva General de la Iglesia desde los ochenta, nunca hemos perdido de vista que el extendernos hacia los Estados Unidos era crucial para que nuestra Iglesia se lanzara a mayores empresas. Hoy estamos consolidados en ese país, y ya no somos más la “Iglesia de México”. Ahora somos la Iglesia que ve con optimismo todas las fronteras del mundo, gracias a Dios.  Es decir, estamos llegando a ese estado de adultez que facilitará nuestra misión.

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7.- Estamos a punto de llegar a otras culturas más allá del idioma español.

Desde ahora estamos trabajando para cambiar la mentalidad de los pastores en los Estados Unidos, a fin de que trabajen con los de habla inglesa, y que ya no se concreten a servir exclusivamente a los latinos, y esto debe entenderse muy bien, no queremos decir que nos apenamos de servir a los latinos, o que vemos con algún interés no correcto el trabajo entre otras culturas, de ninguna manera. Lo que deseamos, es que además de servir a nuestra raza latina, debemos enfocarnos a cumplir la Gran Comisión, es decir, que nos preparemos para ir a otras partes del mundo. También estamos preparándonos para consolidar la obra en Canadá, y luego ir a Australia, a Rumania y a Francia. No queremos descuidar las diferentes puertas que el Señor nos está abriendo. Estamos fortaleciendo las estacas para ampliar la tienda, en otras palabras, estamos trabajando para que nuestras iglesias locales se desarrollen grandemente, para poder hacer nuestro viaje por el mundo, sembrando iglesias.

Así como todo individuo debe estar preparado para vivir las diferentes fases de su vida, nuestra Iglesia debe estar preparada para vivir este momento. Y decir que nuestra Iglesia está preparada, equivale a decir que la Mesa Directiva de la Iglesia, los obispos, los presbíteros y todos los pastores estemos con ese entusiasmo; ya que las congregaciones creo que están a punto. Creo que somos una Iglesia mayor de edad, es decir, madura, y tanto en México como en los Estados Unidos, ya contamos con congregaciones que fácilmente pueden patrocinar a un misionero.

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1. Buscar al pecador.
Jesús, en la casa de Zaqueo, hizo una gloriosa declaración.  Él dijo que “el Hijo del hombre había venido a buscar…lo que se había perdido” (Lc. 19:10). Y nosotros sabemos que “buscar” al pecador implica un enorme esfuerzo. Para Jesús significó el venir al mundo en forma humana y someterse a un proceso que concluyó con la muerte en la cruz (Fil. 2:9). Y para la Iglesia representa la tarea evangelizadora que tanto enarbolamos y que tan poco hacemos. La razón de esta falta de congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos es muy fácil de explicar: Casi siempre no tenemos plena conciencia de lo que realmente significa la salvación que nos ha sido regalada. Parece que aquellos que fueron alcanzados en un ambiente escandaloso de pecado, viven más plenamente su experiencia de conversión que aquellos que se han bautizado habiéndose criado en un hogar cristiano. Se observa que en los primeros hay más entrega a favor de buscar a los perdidos. Sin duda que esta hermosa tarea requiere de una verdadera pasión.

Buscar al pecador incluye también el uso y dominio de estrategias actuales. Ciertamente hay principios universales que nos permiten desarrollar esta tarea en forma similar a los tiempos bíblicos; no obstante, en la actualidad se han desarrollado y probado con éxito nuevas estrategias que le permiten a la iglesia ser más efectiva en estos tiempos en que resulta más complicado ganar a un pecador. Si la iglesia tiene suficiente pasión, pero le falta desarrollar estrategias actuales, su trabajo se va a ver limitado. Son necesarios los dos elementos: La pasión y las estrategias actuales.

En la misma declaración de la casa de Zaqueo, Jesús dijo que había venido además de buscar, a salvar a los perdidos. Entre buscar y salvar hay una gran diferencia. El primer verbo implica solamente el ir a localizar al pecador. El segundo verbo implica una lucha en contra del que tiene cautivo al pecador y de quien se le va a salvar. Por lo tanto, hay una connotación de violencia. Entonces, si buscar al pecador requiere de una pasión y de una estrategia apropiada, con más razón el acto de salvar. Precisamente porque implica una batalla. Esta fase del ministerio requiere valor, consagración, estrategias apropiadas, una tremenda pasión y capacidad para poder soportar todas las luchas que habrá de tener. La lucha será absolutamente real y difícil, en la que los cobardes mejor desistirán. La diferencia está en que unos tendrán hermosas victorias y como si fuesen trofeos, los salvados estarán a s 1000 u lado, y los otros quedarán en el anonimato, por la eternidad.

La Iglesia además de buscar y salvar al pecador, tiene que, al que ya sea salvo, enseñarlo a vivir victorioso. La enseñanza debe ser sumamente clara; porque muchos se han confundido enseñando la santidad como impecabilidad, que no deja de ser un ideal; pero que por lo mismo de ser un ideal, es inalcanzable. Al nuevo converso se le tiene qué enseñar que una manera de mantenerse victorioso a pesar de sus debilidades, es buscando siempre la ayuda de Dios. De ese Dios que rechaza al pecador cuando éste perversamente quiere ofenderle; pero que es amoroso cuando uno le ama entrañablemente y por algún descuido cae en alguna falta. Aquí tenemos que ser muy cuidadosos para no dar a entender que cualquiera puede pecar y, como en el catolicismo, solamente con un acto de confesión, todo está arreglado para volverlo a hacer; pero tampoco debemos ir al otro extremo, en el que por cualquier cosa vamos a excomulgar a cualquiera.  Tenemos que buscar, ganar y conservar para crecer y ser grandes.  Esto es determinante para ir hasta lo último de la tierra.

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2. Integrar al nuevo converso.
Pareciera que esta fase de la vida cristiana es donde más tenemos que trabajar. Hasta hoy, tal vez porque nuestras iglesias eran muy pequeñas, y todo el que se bautizaba, de manera automática quedaba integrado a una nueva familia que era esa iglesia pequeña, los nuevos conversos se conservaban mejor que ahora. Nuestras iglesias hasta no hace mucho tiempo, no sólo eran pequeñas, también en gran parte eran rurales o semi urbanas, y lo pequeño de los pueblos permitía que se conocieran muy bien y que las relaciones fueran muy cercanas; pero todo eso ha ido cambiando. Hoy tenemos iglesias más numerosas, en ciudades más grandes, con otro ritmo de vida, y eso, inevitablemente debilita grandemente las relaciones de iglesia.

Todo lo anterior hace que pensemos detenidamente cómo vamos a organizar nuestras nuevas iglesias grandes, porque muy pronto vamos a tener iglesias grandes; sobre todo, porque tenemos que buscar que los nuevos conversos no vengan sólo a incrementar la población sentada. La gente sentada, además de que no impulsa el reino de Dios, en muchos casos, produce problemas. Por esa razón tenemos que buscar un modelo de iglesia que le dé al nuevo converso, e incluso al que ya tiene mucho tiempo en la iglesia, la oportunidad de integrarse a un equipo de trabajo más dinámico que los lleve a ganar a otros, luego consolidarlos, entrenarlos y enviarlos a repetir el ciclo. Con este propósito la iglesia está elaborando el modelo SENDA, con lo que esperamos se puedan alcanzar mejores y perdurables frutos.  Esto es imperativo si pretendemos avanzar en la conquista del mundo.

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3. Integrarlo en iglesias grandes.
No falta quien diga que eso de las iglesias grandes sea una moda que “puede afectar nuestra identidad apostólica”; pero pudiera ser que en el fondo sólo se pretenda desviar la atención sobre un asunto muy delicado: La falta de éxito en el pastorado. Es algo muy triste que tenemos iglesias con más de cincuenta años de fundadas, y no tienen ni cincuenta miembros. En esos casos, si sólo se hubiera hecho una buena pastoral familiar, con el crecimiento biológico se tendría una buena congregación; pero no ha sido así. Tenemos, entonces, qué revolucionar nuestros modelos y métodos; pero más que otra cosa, nuestra visión acerca de lo que queremos como pastores del siglo XXI. Las iglesias grandes no son una cuestión moderna, en el libro de Los Hechos de los Apóstoles tenemos, como dicen ahora, varias mega iglesias. Por lo general ponemos la vista en la iglesia de Jerusalén; no obstante, es necesario estudiar más acerca de las iglesias de Samaria, Antioquía, Iconio, etc., que fueron muy grandes, y que sus recursos fueron suficientes para llevar el evangelio a latitudes lejanas, algo que hoy le urge a la Iglesia Apostólica.

Una iglesia grande, no gorda, sin duda que cuenta con más recursos para su auto sostenimiento en todos los ministerios, su auto dirección y para su auto expansión. Al hablar de todo esto, no se nos ha olvidado tratar el cómo; sólo que no lo hemos hecho por ser materia de otro trabajo. Aquí sólo estamos tratando la cuestión de la visión y de la misión. Al modelo de iglesias grandes se contrapone el de muchas iglesias pequeñas, como el modelo que impulsa Shwartz, pero nosotros le vemos varios inconvenientes: El primero es el que ya mencionamos, que carecen de muchos recursos vitales para su auto desarrollo; lo segundo es que no permiten el desarrollo de las capacidades de sus pastores, porque siempre estarán tratando con grupos que no les exigirán mucho; lo tercero es que eso pudiera propiciar que los pastores estén viendo los puestos administrativos como una forma de realización personal, al no tener una iglesia donde se pueda canalizar todo su potencial, y eso es nocivo.  Al principio de la predicación apostólica no se habría logrado mucho si no se hubiesen tenido iglesias grandes en Jerusalén, Samaria, Antioquía, Iconio, Éfeso, etc.  Hoy el modelo se repite.

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4. Servir al converso.
Este es otro de los grandes temas a tratar de hoy en adelante. El mundo evangélico ha caminado de una pastoral altamente comprometida con sus congregados hacia una pastoral de púlpito casi en forma exclusiva. Es decir, que los pastores abnegados que daban su vida por el rebaño, ahora, en su mayoría, son cosa de la historia. Hoy conocemos muchos ejemplos de “iglesias” donde se suple la falta de una auténtica pastoral con programas que atraen el interés para asistir a los cultos del domingo, en los que tanto el pastor como todos los que dirigen el culto, bien pudieran competir con cualquier conductor de un programa de televisión. Estos “cultos” satisfacen la “comezón” de oír; pero dejan a todos sus congregantes sin dirección y viviendo una vida con una conducta permisiva, puesto que no hay manera de edificarlos en Cristo por medio de una sana doctrina.

Ante esta situación, se impone el descubrimiento de dones que luego se transformen en auténticos ministerios que contribuyan eficazmente a la sana edificación de los nuevos conversos. Estos ministerios deben ir desde el acompañamiento permanente en los problemas diarios y comunes a toda la gente, con el fin de que puedan ver que están ahora en una iglesia en donde no son anónimos. Que sus problemas son atendidos con solicitud y amabilidad. Y que además de servirles, se procura hacerles crecer para que luego ellos también puedan ayudar a otros. Es, por tanto, necesario, que el pastor, quien dicta las políticas de servicio, sea, precisamente, un auténtico servidor de los demás. Alguien que no esté protegido en un nicho de cristal, que es su oficina, y no estamos en contra de tener una oficina; pero es urgente que los pastores podamos estar entre el pueblo para acompañarlo en sus tristezas y en sus alegrías. Si ganar al pecador es difícil, ás difícil; pero altamente satisfactorio.

Una iglesia que está bien pastoreada en cuanto a las necesidades humanas, y que además está siendo edificada espiritualmente a través de diversos ministerios, sin duda que será una gran iglesia. Pero lo anterior, nos lleva a considerar una nueva tarea del pastor, y no porque realmente sea una tarea nueva, sino porque de algún tiempo acá ha entrado en desuso: Y es que el pastor deberá convertirse en un entrenador de ministerios. Hoy tenemos fuertes problemas en muchas congregaciones porque sus pastores siguen desarrollando un ministerio unipersonal; y cuando ellos no están, todo se paraliza, o cuando el trabajo excede a las posibilidades de trabajo de un hombre, la iglesia se estanca. Se impone, entonces, que el pastor sea alguien con una visión clara acerca de cómo “producir” servidores bien capacitados, en los que se tenga que invertir además de tiempo, mucho dinero. Otro campo en donde estamos llamados a incursionar rápidamente, es en el ministerio de pastores asociados, bien remunerados con el mismo porcentaje que se destina a sueldos, de los ingresos totales de la iglesia. Compartir el porcentaje destinado a sueldo con otra persona, para muchos va a ser algo perturbador; pero si se entiende que es una especie de inversión, de la que muy pronto se van a ver buenos resultados, esta visión puede ser más optimista. Una iglesia que sirve al converso, es una iglesia que incrementa su potencial para ir a la conquista del mundo.

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5. Servir al mundo.
Hasta aquí nos hemos concentrado en las atenciones para una iglesia que pretende ser grande; sólo que la Iglesia está llamada a conquistar el mundo. Y lo va a lograr a través de la evangelización, lógicamente; pero también a través del servicio. Este es un renglón extraño en nuestros planes de trabajo; pero ya es tiempo de que nuestras congregaciones dejen de ser “un quiste santo” en la sociedad secular. La Iglesia no puede olvidar ni un instante que está llamada a ser sal y luz del mundo; pero le será muy difícil cumplir con su cometido si sigue siendo un conjunto de grupitos que más bien dan lástima que inspiración; si sus miembros, además de escasos, se mantienen distantes de las grandes tareas humanas (la política, la ecología, la justicia social, etc.). Y debe quedar claro que estamos pensando en los ministerios de servicio y en los hombres y mujeres que tienen alguna vocación propia para estos menesteres; pero que lo deben hacer como una resultante de su llamado divino para reconciliar al mundo con Dios.

Ya sabemos que se cuentan numerosos ejemplos acerca de quienes han intentado incursionar en estos campos y han fracaso porque el ambiente los ha absorbido. Esto es cierto, desgraciadamente; pero la Iglesia no debe desistir de su ineludible tarea por el sólo hecho de que algunos hayan fallado. Los campos de la política, la industria, la banca, el comercio, la educación, la salud, etc., están allí esperando cuándo nos decidimos a entrar en ellos; pero no sólo es cuestión de decisión, es también cuestión de tener las herramientas necesarias para ese trabajo. Sin duda que tenemos una amplia agenda pendiente que nos desafía todos los días, pero no perdamos la visión, que llegará el día cuando veamos la misión cumplida. Todos nuestros programas y actividades deben, por tanto, apuntar a un solo fin: fortalecer a nuestras congregaciones para que envíen sus mejores elementos hasta lo último de la tierra.

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